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La opinión pública y la reforma local

El pasado verano, pasé las vacaciones en Portugal (algo que recomiendo vivamente) y me sorprendió observar, en muchos pueblos y barriadas, calles, ventanas y balcones llenas con carteles como éste en contra de la extinción de las freguesías portuguesas:

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No sé hasta que punto dichas manifestaciones públicas de defensa del municipalismo respondían a una espontánea iniciativa ciudadana, o a estrategias orientadas desde partidos políticos, sindicatos u otros colectivos, pero por su frecuencia, parecía ser una iniciativa que contaba con respaldo popular, probablemente azuzado por el hecho de que la supresión de entidades locales menores en Portugal ya ha sido efectiva en muchos casos, estando ahora en proyecto que la misma alcance entidades de mayores dimensiones.

La semana pasada una “encuesta” de internet de una radio nacional, manifestaba que el 74% de los oyentes de dicho medio, entendía que el efecto de ahorro de gasto del recorte en el número de concejales era más importante para ellos que la posible perdida de representatividad política, o de beneficio al bipartidismo, que dicha medida generara. La fiabilidad estadística de la “encuesta” es escasa, pero observando mi entorno personal y directo (ajeno a lo profesional) creo que refleja bien a las claras cual es el actual estado de opinión pública al respecto de la cuestión.

Una mayoría social ve en los Municipios (así como en las Mancomunidades o en las entidades locales menores) un problema, una carga, un gasto prescindible, y lo que es peor, ni los partidos políticos mayoritarios ni la propia FEMP, están haciendo algo efectivo para que dicho estado de opinión cambie.

– Los primeros, porque siguen viendo la vida municipal como un campo de batalla ideal para sus “guerras” socio-políticas, lo que lleva a que ésta esté inundada de “mociones “ideológicas” -ajenas en la mayor parte de los casoso al intereses municipales- , de dinámicas políticas que no dejan de ser traslación de las políticas centralizadas de partido(el argumento de la “privatización” como eje de la crítica a la reforma, cuando el problema no es tanto que la reforma privatice, sino que sustraiga la decisión de qué o cuando se privatiza al órgano representativo) de  “auditorías”, denuncias, fiscalizaciones y reclamaciones relativas a la acción de gobiernos pretéritos, conflictos vinculados con la corrupción, y demás cuestiones que, en última instancia, convierten a los Ayuntamientos en fábricas de carnaza “low-cost” (al fin y al cabo el sacrificio de mandos locales es menos costoso que el de los de ámbito autonómico o nacional), para la lucha mediática partidista habitual, que terminan por acallar aquellos, menos frecuentes, posicionamientos de las representaciones locales de los partidos que, saliéndose de las líneas marcadas desde las directivas centrales de sus organizaciones, van orientadas a la satisfacción directa del interés del municipio.

– La segunda, porque tras una entrada esperanzadora (para quien suscribe) en el debate público al respecto, su posición se ha ido desinflando, y lo que es peor, concentrándose en la lucha contra aquellos aspectos de la reforma, que más favorecen la visión social negativa al respecto del mundo municipal, concretamente el tema retributivo, al que la FEMP viene dedicando sus actos de comunicación pública en fechas recientes  de manera recurrente.

Si la descrita es una batalla perdida de antemano, el tiempo lo dirá, pero cabría esperar de los operadores municipales, una mínima lucha por recuperar el crédito perdido sobre la base de aquellos argumentos que sí que pueden calar en la ciudadanía, y que, desde nuestro punto de vista, deberían huir de la generalización (tan efectiva para el descrédito como inútil para la recuperación de éste) e ir al “caso concreto”, explicando al ciudadano qué concretas cosas puede perder con la reforma local.

¿Veremos llenas las plazas de los pueblos de carteles así cuando se proceda a la supresión de las entidades locales menores, o al rescate a favor de las diputaciones de las funciones de Mancomunidades y Municipios?. A día de hoy, bien parece que lo probable sea ver celebraciones en las plazas públicas de lo que a todas luces será, a la larga, una pérdida de democracia real en nuestro país, y un recorte a la parte de la administración de la que más uso efectivo hace el ciudadano medio. En todo caso, para entonces será ya tarde, por lo que si estamos convencidos que en ese sentimiento supuestamente mayoritario hay mucho de error inducido por quien promueve, o consiente, la reforma, estamos ante la última oportunidad para dar un giro de 180º a la situación.

 

 

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